Cinco vagabundos.
Como viles duendecillos irlandeses
cinco vagabundos danzaban ilustres.
Creando volteretas dulces, inocentes
carcajadas violentas; demasiado inigualables.
Cantaron veinte días inimaginables
curando variedades de inocentes
comiendo violetas, duraznos islandeses;
cansados, veloces durmieron inmediatamente.
Corrieron, vagaron descalzos. Inexplicablemente
contentos. Vieron dragones, iguanas
cariñosas, voladoras, dignamente inspiradoras.
Caminaron viendo donde inventarían
ciudades vacías, desechando inútiles
cobardes venenosos. Dedicando imaginaciones
cuando vinieran divertidos inquilinos.
Compusieron varias despedidas infinitas
cinco vagabundos danzantes, ilusionados
como viles duendecillos irlandeses.
Vacas.
Tengo entonces a dos diminutas vacas comiendo cerilla en las afueras de mi oreja. Y comen y cagan, dándose después vuelta para comer lo que defecaron y cagando lo que comieron. Así, en un círculo infinito de heces y cerillas.
En el interior de un poro en mi nariz, un niño acaba de despertar porque vio entrar al Sol gritando por el hemisferio derecho. Los pelos ahí dentro le hicieron sentir el mismo ánimo que experimenta una hormiga al ver al astro aparecer imponente por entre las hojas altas de un árbol de la selva.
El niño entonces bosteza, se limpia las lagañas y se pica la nariz; matando al niño que dormía ahí dentro. Pobrecillo desafortunado. Estornuda e introduce su dedo meñique en el poro de su oreja triturando a dos pequeñas vacas ingenuas e infinitas.
Todos estos acontecimientos provocan una comezón gigante en mí. Me sueno la nariz con fuerza y servilletas rasposas, es aquí en donde mato inmediatamente a un niño que a su vez mató a otro más pequeño, en un círculo infinito de narices y niños dormilones. Soy un asesino. Aunque me queden sucias las orejas, dejaré comer a las vacas…
sábado, 11 de diciembre de 2010
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