UNA FIESTA CON SONAJAS.
Había un niño pequeño que vivía en una cabeza grande, todos los días se despertaba temprano para alcanzar calcetines, ya que vivía en un vecindario muy pobre. Este vecindario era enorme y en realidad era el único que existía, era tan grande como el tamaño que alcanzarían “muchas” cabezas juntas. Por su parte los calcetines siempre fueron un tesoro de valor invaluable para todas las cabezas grandes, los calcetines les sirven para todo, desde tejer mascaras pasando por comprar la felicidad y hasta para perdonar las almas.
Todos los días en esta gran metrópoli repugnante y con olor a gloria son iguales, día a día todos los monstrums hacen largas colas para llegar al único abastecimiento de calcetines de todo el vecindario; en esta cola nunca faltan los que hacen trampas para llegar primero ni los que casan peregrinos y mucho menos a los que no les importa por que están aquí, también hay una porción de los que ni saben para que están haciendo fila, o los que estan haciendo cola para alguien mas.
Pero por el momento volvamos al niño del principio, que todas las mañanas se despertaba temprano para alcanzar calcetines y que día con día nunca los conseguía; este huëy al volver a su casa a diario, con una sonrisa lúdica al igual que una funesta alegría, siempre repetía estas palabras “Este fue un buen día”…
Al anochecer nuestro pequeño personaje acostumbraba pasar las noches con su único amigo en todo el vecindario, su amigo era una mosca que vivía en una cabeza pequeña y que noche con noche revoloteaba alrededor de su cabeza fastidiando y dando alegría lúdica a nuestro pequeño personaje.
Cierto día cuando nuestro pequeño infante hacía cola en la: lamentable, detestable, asquerosa, horrorosa, otra vez lamentable, ahuevante, fastidiosa, pendeja, innecesaria, hermosa e infinita fila; se encontró con la mosca, fue increíble ver a un monstrum fuera de la cola y más increíble aún, fue verlo construyendo un rompecabezas para al terminar, romperlo de manera diferente. ¡Y aun mas increíble fue que no era el único monstrum ahí. ¡Alegría funesta hubo ese día en el pequeño funeral de un niño pequeño!
Nuestro “enfant terrible” cambió una fila por una cola, después una cola por una fila, pero nunca se perdió en esta lamentable, detestable, asquerosa, horrorosa, otra vez lamentable, ahuevante, fastidiosa, pendeja, innecesaria, hermosa e infinita fila. Hasta que…
Volví a prender el encendedor, todo se desvaneció. De aquel mundo solo quedaban dos vestigios: el primero era un altavoz y el segundo era un juguete…
Cuando me levanté a prender la luz me di cuenta de que me faltaba un calcetín y la verdad no se que pasó: si había matado a la mosca con el calcetín o si la mosca había roto el calcetín y ahora se encontraba haciendo una bufanda. Pero mi mayor sorpresa fue darme cuenta que se me volvieron a caer las manos en el teclado.
“Héctor Malo”.
domingo, 25 de abril de 2010
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